Antonio José Navarro y López, 1739-1797
A pesar de no haber nacido en tierras murcianas, el naturalista ilustrado Antonio José Navarro representa la figura más destacada del panorama científico durante la segunda mitad del siglo XVIII en el sureste peninsular.
La vida y obra de Navarro han permanecido en el injusto olvido hasta la publicación de los recientes trabajos de Guillén Gómez (1997) y Castillo Fernández (2000). En este sentido, abordamos la contribución de Navarro con el propósito de situar su figura en el lugar histórico-científico que le corresponde.
Datos biográficos
Nacido en la localidad almeriense de Lubrín en el seno de una familia humilde, Navarro pronto se trasladará a la ciudad de Murcia para estudiar Artes y Sagradas Escrituras. Inicia su carrera universitaria en Alcalá de Henares y finaliza en Orihuela, consiguiendo la licenciatura y el doctorado en 1761 con el título de Maestro en Sagrada Teología. Son estos primeros años de la segunda mitad del siglo XVIII en cuyo ámbito esplendoroso se viene incubando en Europa y el resto del mundo el embrión de la Ilustración, movimiento filosófico y cultural que acentúa el predominio de la razón y la creencia en el progreso humano.
Imbuido por este espíritu, Navarro comienza a abrir los ojos de la razón y del intelecto en este ambiente auroral de Alcalá de Henares. Aquí tiene ocasión de conocer y tratar a distintas personalidades de la época entre las que destaca el Padre Enrique Flórez, consejero del Rey Carlos III en lo relativo a temas de Historia Natural y preceptor de sus hijos. Este sacerdote fue el encargado en 1767 de sacar las colecciones, fundamentalmente de monedas y rocas, de la Real Casa de la Geografía con el objetivo de completar el posterior Real Gabinete de Historia Natural inaugurado en 1776 (Montero, 2003).
De 1761 a 1763 Navarro desempeña su primer empleo en la ciudad de Vera como catedrático de Teología Moral de su Vicaría. Se ordena sacerdote y consigue su primer curato en Olula del Río, donde permanece hasta 1766, año en el que pasa a Vélez Rubio. Once años más tarde consigue la Canongía Lectoral de la Colegiata de Baza. Aquí desarrollará su imparable carrera eclesiástica y residirá hasta el final de sus días en 1797.
Además de su dedicación a las tareas del culto, Navarro se embarcó desde muy pronto en diversas y complejas empresas con el objeto de contribuir al desarrollo social y económico de la zona, siempre a la sombra del proyecto ilustrado propugnado desde el gobierno de la Monarquía borbónica. Crea prometedoras Sociedades Económicas de Amigos del País, como las de Vera o Baza, Escuelas de Agricultura y de Primeras Letras, e incluso logra modernizar la llamada red de carreteras de Levante.
Las ideas geológicas y paleontológicas de Navarro
Gran conocedor de la obra de Bowles (1775), Navarro dedicará buena parte de su vida al estudio y conocimiento de una de sus grandes pasiones: la Historia Natural. Se acercó a las obras de los principales autores del momento como Bertrand, Pallas, Bourguet, De Luc y, sobre todo, su adorado conde de Buffon, primer científico que admitió que la Tierra habría sufrido a lo largo del tiempo variaciones en la distribución de tierras y mares. Es posible que durante la estancia en Vélez Rubio arranque su amistad con el lorquino Antonio Robles Vives, apasionado como él de la Historia Natural, consejero de Hacienda y cuñado de Floridablanca. Éste último recurrirá en varias ocasiones a la personalidad y sabiduría de Navarro para poner en práctica alguno de sus planes reformistas. Así, le encarga la redacción de una Historia Natural de los Reinos de Granada y Murcia en varios volúmenes que Navarro entregará en 1792. Inició también una intensa y fecunda relación de corresponsalía con el importante coleccionista Pedro Franco Dávila, primer director del Real Gabinete de Historia Natural, al cual remitirá rocas y fósiles recogidos durante sus continuas y detalladas observaciones de campo.
A partir de las recientes investigaciones de Montero (2003), sabemos que Navarro envió únicamente un par de remesas de materiales a dicha institución. La primera, remitida en diciembre de 1784, estaba compuesta por fósiles procedentes de Vélez Rubio: dos trozos de mármol conchites, formado por piedras lenticulares. Piedras lenticulares o numismales de varios tamaños. Al igual que Bowles (1775), Navarro reconoce Piedras Lenticulares o Numismales, que por su descripción pueden ser atribuidas a foramíniferos (Nummulites). En el Catálogo de Franco Dávila y Romé de Lisle (1767), obra consultada con toda probabilidad por Navarro, estos fósiles aparecen clasificados como “Petrificaciones no comunes” y separadas correctamente de los animales (Montero, 2003). Junto con el material anterior envió una colección de Cuernecillos de Ammon procedentes de Luque (Jaén). Dávila, en carta de contestación (14-Ene.-1785) le indica que éstos últimos no son sino caracolitos en forma de una espiral como los Cuernos de Caza y que los cree terrestres. En realidad se trataba de ejemplares de ammonoideos que Dávila (1767), al guiarse por la forma de la espira, los incluye dentro de los grupos de los gasterópodos.
En esa misma carta le pide también que en un nuevo envío le mande minerales, antigüedades, cangrejos y dientes de peces fósiles. Poco después, en marzo de 1785, Navarro remitió la segunda y última remesa formada por piezas de mármol conchites cortadas procedentes también de Vélez Rubio.
En sus Viajes, Navarro (1789) recogió y discutió varias cuestiones sobre Paleontología y Geología (Figura 14). Se trata de la descripción en forma de cartas de dos viajes sucesivos que realiza entre el verano y el otoño de 1789 por lo que él llamaba “mi país”. Partiendo en ambas ocasiones de Baza, su lugar de residencia, recorre en el primero las tierras próximas a esta ciudad llegando incluso a la vecina Sierra de los Filabres en Almería. En su segundo viaje se desplaza hasta Águilas deteniéndose en Lorca para describir los avances en las obras de los pantanos de Puentes y Valdeinfierno. Durante esta visita Navarro escribe:
No an sido unicamente las obras del arte las que me han hecho agradavle la vista de los pantanos, tambien han contribuido las de la naturaleza. Todos aquellos montes estan llenos de cuerpos marinos fosiles y petrificados. Desde el estrecho de la Culebrina en donde está el pantano de Valdeinfierno hasta la sierra del Caño sobre Lorca corre una faxa o banco de seis leguas de largo en donde se hallan amontonadas inmensas producciones marinas. Todo es de piedra franca formada de destrozos de ellas. El monte de la Culebrina es un agregado de cuernos de amonon, agaricos, madreporas, astroitas y conchas, unas enteras y otras reducidas a masa. Los del pantano de abajo se componen de bancos de ostras vivaldas montuosas, agaricos y cuadreporas; siguiendo la faja o banco, se encuentran ostras, herizos marinos, bucardos, estroques, glosopetras, camarones, muelas grandes de pezes, cerebrites, belemnitas, piedras judaicas, patelas, caracoles marinos, buvinitas, neritas, turvinitas, piedras lenticulares y enfrente de este vanco, cerca ya de Lorca, hacia la serreta, un vanco de yeso en ojas delgadas con una inmensidad prodigiosa de impresiones de pezes. Para la diversion de vuestra merced he dibujado algunas de estas piezas curiosas que descriviré con toda brevedad.
El texto se completaba con unas 30 láminas hoy desgraciadamente desaparecidas, en las que se recogían los hallazgos más interesantes dibujados por el autor. En su escrito algunas de las descripciones se realizan con gran detalle:
En la estampa X, la figura 1 representa una hermosa astroita que se encontro en el monte de la Culebrina. La 2, una especie de agarico de que se compone la maior parte del monte del pantano de avajo, todo el es de una piedra mui porosa en la que se ven muchos huecos y toda la superficie de ellos sembrada de pequeños agujerillos por los que sale un pezoncillo estriado, como si se compusiera de quatro o cinco flamentos unidos que se encorvan un poco si sobresalen una o dos lineas, quando no salen tanto parezen unos botoncitos estrellados que dan a la piedra una figura mui graciosa. He querido llamarla agarico porque algunos trozos se parecen a los agaricos vegetales, quiza sera una especie de milepora. La figura 3 es una grande muela, quizas de foca, y la 4 son aquellos cristales que llaman jacintos de Compostela que se encuentran por los mismos montes.
Es interesante señalar también la referencia que hace Navarro sobre el posteriormente archiconocido yacimiento de peces fósiles de La Serrata:
Las estampas XV y XVI ofrezen algunas impresiones de pezes de las infinitas que se hallan en el banco de yeso en hojas que ai enfrente del molino del Consejero, en donde escrivo, el qual pasa esta parte del rio, y se encuentran algunas aunque en corta cantidad sobre la acequia de Sutullena.
En la obra de Navarro existe una mezcla de ideas que perduraban de siglos anteriores y otras que reflejan el inicio de la revolución que sufrió la Paleontología a finales del siglo XVIII y comienzos del siguiente. Entre las ideas antiguas destaca la influencia del De natura fossilium de Agrícola en el hecho de que el autor, cuando refiere un ejemplar, lo hace basándose en su morfología, no utilizando en ningún caso el término Especie en su sentido prístino. Esta influencia se observa también cuando algunas descripciones morfológicas son asimiladas a objetos comunes: botón, corazón, estrella, almendra... Por otro lado, entre las ideas avanzadas sobresale la mayor cantidad de información que, frente a otros autores de la época, aporta en sus descripciones sobre la localización del yacimiento, morfología de los fósiles, aspectos que hoy podríamos considerar tafonómicos, etc. Además, en la terminología utilizada por Navarro se advierte un abandono del sufijo ites para nombrar Géneros, terminología que desaparecería a principios del siglo XIX (Montero, 2003).
A partir de la observación de la disposición de los estratos, composición de las rocas, orografía del terreno y distribución de la red hidrográfica, Navarro intenta explicar el origen del paisaje que contempla y al mismo tiempo dar respuesta al problema que planteaba la existencia de fósiles marinos en los montes. Partiendo de la tesis convencida de que los lugares visitados habían estado cubiertos por el mar en algún momento de su historia, nuestro autor afirmaba que el relieve actual sería el resultado del hundimiento de los fondos marinos como consecuencia del pesado depósito de los sucesivos sedimentos que procedían de la erosión de antiguos montes y de la destrucción y disolución de animales y cuerpos organizados. Sobre el origen de las rocas escribe:
Las gredas, las pizarras, las piedras calcareas suponen el trabajo y la accion de las aguas. No devo entretenerme aqui ni cansasr a vuestra merced con una disgresion sobre el origen destas piedras, que tantas vezes avrá leido en nuestros mineralogistas, y me persuado sera de dictamen que las pizarras son el legamo o tarquin procedente de los vegetales podridos o quemados en las aguas, las piedras calcareas masas de testacios destruidos, y finalmente que, no hallando granito ni otras grandes masas de piedras vitrificables, convendra en que nuestros montes son de segunda formación y que han recivido su estructura del océano.
Según su teoría las montañas no serían sino los fondos marinos que se habrían conservado elevados allí donde existía un sustrato granítico que impidió su hundimiento, al contrario que en las amplias zonas circundantes que, tras la retirada de las aguas, darían lugar posteriormente a los valles y cauces de los ríos actuales. Esto explicaría la superposición de los distintos niveles estratigráficos de arcillas, pizarras y calizas (“bancos”) creados por los depósitos orgánicos sobre los lechos marinos y observados en las montañas, y el porqué se encontraban multitud de fósiles marinos y de mármoles a miles de metros altitud. Cuando su método no encuentra explicación a la disposición irregular de estratos verticales o inclinados, recurre a alguna “revolución local” como causa de ésta.
Con lo que no se atrevió Navarro fue con las cuestiones sobre la cronología y el origen de los distintos eventos geológicos, quizás para no refutar la tradicional Creación descrita en el Génesis y no levantar suspicacias entre la jerarquía eclesiástica. En este sentido, ni la teoría de la inundación causada por el diluvio ni cualquier otra ofrecía base suficiente para resolver el problema. Así las cosas, Navarro concluye:
Los que atribuyen el estado actual de nuestro globo al diluvio universal encuentran dificultades insuperables. Los que acuden a las operaciones y trabajo lento de las aguas del mar, a su movimiento de oriente a occidente, y mudanza continua de la tierra en mar y del mar en tierra; los que dan por causa las lluvias y rios, la descomposición de los montes, el averse rebaxado el nivel del mar; los que atribuyen a la mudanza del exe de la tierra o de la ecliptica, los que hacen a los fuegos soterraneos el origen destas revoluciones, todos flaquecen por alguna parte, ninguno puede llenar nuestros deseos, el alma no se sosiega.
Corolario
Navarro no fue solo una naturalista que saliera al campo a recolectar rocas y fósiles, sino un clérigo erudito que se planteó las más diversas incógnitas sobre el origen y evolución de la Tierra, tema de máxima actualidad entre los científicos del momento. Tras manifestar su prudente rechazo al diluvialismo como posible explicación del modelado de la superficie terrestre y origen de los fósiles, nuestro autor atribuyó los accidentes geográficos actuales a la acción de las aguas del mar. Junto con naturalistas de la talla de Bowles y Cavanilles, fue de los primeros partidarios españoles en considerar los fósiles como restos orgánicos, principalmente malacológicos, depositados por el mar, alejándose de posturas que relacionaban las petrificaciones parecidas a seres vivos con meras formaciones inorgánicas o minerales. Exceptuando las citas de Bowles, los datos de Navarro son particularmente interesantes por tratarse de las primeras descripciones “científicas” más o menos detalladas de fósiles murcianos. No sólo describe algunos de los ejemplares recogidos sino que además los dibuja. Según Guillén Gómez (1997) y Castillo Fernández (2000), el objetivo de Navarro al dejar constancia por escrito de sus viajes era el de contribuir con su aportación a la elaboración de una necesaria historia natural de España, ya que hasta entonces las visiones de conjunto -como las de Torrubia, Bowles o Mentelle- no le resultaban satisfactorias.
Queda pues bastante claro que Navarro era un naturalista con ideas bastante modernas para la época. A diferencia de contemporáneos suyos como López de Cárdenas, cura de Montoro y firme defensor del origen diluvial de los fósiles que va mandando al Real Gabinete, Navarro manifiesta su escepticismo frente a las diversas interpretaciones establecidas hasta el momento y reconoce su incapacidad para discutir, desde un punto de vista estrictamente científico, cuestiones que expliquen las causas y mecanismos de los movimientos orogénicos que dieron lugar a las montañas.
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